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#VocesADN | ¿La llamada cuarta transformación disfruta ser polémica?

Tomar el control total y rezagar a la sociedad civil que trabaja sin fines de lucro nunca podría ser progresista o anti neoliberalista, sino todo lo contrario, dice Caleb Ordóñez.
AMLO
Hacia su primer semestre. El 1 de junio, López Obrador cumplirá sus primeros seis meses en la presidencia de México.

Nota del editor: Caleb Ordóñez Talavera (1984) es abogado, comunicador y especialista en Periodismo digital por la Universidad Complutense de Madrid. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

CIUDAD DE MÉXICO (ADNPolítico).- “¡Paternalista!”, “¡Caudillo!”, le gritan y señalan los opositores al presidente Andrés Manuel López Obrador; entre eternos adversarios y arrepentidos, han acusado constantemente con estos adjetivos a la llamada cuarta transformación.

El primero se refiere al comportamiento de determinados gobernantes que adoptan actitud de padre frente a la comunidad que gobiernan, que pudiera significar una desconfianza al autogobierno o a la sensatez de los ciudadanos. Para algunos, los programas sociales que ha presentado la llamada cuarta transformación manifiestan un trato paterno con sus nuevos “súbditos”, el mismo trato que se daría a un niño sin dejarle asumir su responsabilidad de adulto.

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Otros críticos van más allá: para ellos, López Obrador llegó a la presidencia bajo un manto de “caudillista”, lo que representa que el presidente es el “cabecilla” de un movimiento nacionalista, que busca perpetuar una forma de pensar.

La palabra caudillo proviene del latín capitellum o “la cabeza que piensa”. Para los detractores, López Obrador representa para sus seguidores una especie de líder iluminado que ha logrado transitar de los gobiernos “malos” y neoliberales a la nueva etapa de la cuarta transformación, o una especie de liberación de la oligarquía, a quienes ha llamado “fifís”, “conservadores” o “mafia de poder”, entre muchos otros motes peyorativos.

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Esto, por supuesto, hace enervar aún más los ánimos de los opositores, quienes ven en los programas sociales un enfoque clientelar, donde la pobreza es un interés político y electoral.

Las cosas cambian; las polémicas crecen

Los que defienden a AMLO y su modelo presidencial coinciden e insisten en que el país ya no soportaba más la corrupción y los privilegios; los niveles de pobreza y carencia aumentaban día a día, la desigualdad en el país era algo que se debía detener de inmediato.

López Obrador revira a sus opositores con un “¿Qué gobierno anterior había hecho algo similar?”, acerca de los programas sociales y sobre la libertad de expresión que ejercieron miles de mexicanos opositores a su gobierno en la famosa e infructuosa “marcha fifí”. El mandatario sonríe, parece estar cómodo con sus adversarios.

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Luego de los polémicos debates sobre el nuevo aeropuerto, específicamente con la viabilidad de la construcción en Santa Lucía por la presencia de un cerro, el Tren Maya y sus implicaciones ambientales y explotación natural. Ahora, la discusión de los expertos se ha centrado en la construcción de la refinería de Dos Bocas. El presidente dice que es necesaria la construcción, ya que el 70% de las gasolinas que se consumen en el país viene del exterior y es necesaria la autosuficiencia.

Sin embargo, la controversia ha tenido distintas aristas, entre ellas que cuatro consorcios y empresas reconocidas internacionalmente (Bechtel-Tecnict, WorleyParsons-Jacobs, Technip y KBR) y expertas en la materia perdieron la licitación —una de ellas de plano se bajó—, pues sobrepasaban los 10,000 millones de dólares y pretendían durar más tiempo de lo que el gobierno pretende (no quieren que pase de tres años). Por lo que, de forma directa, López Obrador ordenó a la secretaria de Energía, Rocío Nahle, tomar el liderazgo del proyecto, cobijado por Pemex.

El costo, asegura, será de 8,000 millones de dólares (160,000 millones de pesos) y estará terminada para mayo de 2022. Luego de este anuncio, el peso registró su peor nivel en cinco semanas y la calificadora Moody's aseguró que fabricar la refinería sería mucho más costoso y tardado de lo que imagina el gobierno actual. Sin embargo, la decisión está tomada.

¿Gobierno de uno?

Los que se dicen miembros o partidarios de la llamada cuarta transformación, ya sea funcionarios, senadores, diputados, delegados regionales, entre otros, aceptan que el “centralismo” es la base para darle orden y autoridad al gobierno de López Obrador. Como antecedentes, el pasado 24 de febrero, ante la pregunta del periodista Fernando del Collado “¿AMLO es el Estado?”, Irma Eréndira Sandoval, actual secretaria de la Función Pública, respondió: “AMLO, el presidente, es el Estado”.

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El pasado martes, en una mesa de análisis del programa Despierta de Televisa, el politólogo Gibrán Ramírez, quien ha defendido en innumerables ocasiones las causas de la llamada cuarta transformación, dijo: La concentración (del poder en manos de AMLO) era necesaria porque había que reconstruir la autoridad, teníamos un Estado sumamente débil”.

Estas declaraciones podrían pasar al olvido si no fuera porque están arraigadas en lo más profundo de quien apoya al presidente. Es una realidad, millones tienen a López Obrador como el más idóneo para tomar decisiones, aunque no estén bien evaluadas, avaladas o respaldadas por estudios científicos u operativos.

Y es que entre las decisiones quizá más perjudiciales de este presunto centralismo, o concentración del poder, podría darse una contra la misma sociedad civil organizada; vaya, los que hacen la talacha que el gobierno no puede o no quiere hacer. La llamada cuarta transformación ha decidido “ajustar el cinturón” al apoyo económico que se otorgaba a las ONG para “ahorrar” más de 6,200 millones de pesos. AMLO asegura que durante la administración de Enrique Peña Nieto hubo desvíos que superaron los 30,000 millones de pesos para las ONG sin comprobar que fueran reales.

Pero, ¿qué sucederá con las más de 22,508 ONG que cumplen con requisitos y necesitan urgentemente apoyo del gobierno para impulsar la educación, el deporte, acabar con la violencia contra a las mujeres, las adicciones o el VIH, entre cientos o miles de etcéteras? ¿Sabemos si todas ellas son corruptas?

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El diagnóstico del país es correcto, pues la corrupción y el pésimo manejo de recursos son un lastre que la gente detesta; sin embargo, tomar el control total y rezagar a la sociedad civil que trabaja sin fines de lucro, a través de expertos y ciudadanos entusiastas para participar a favor de otros, nunca podría ser progresista o anti neoliberalista, sino todo lo contrario.

En lugar de recaudar el dinero que es para las ONG —y usarlo en un tren— deben darse cuenta de que los problemas del país llaman, reclaman y urgen, para fortalecer y empoderar las manos de los ciudadanos, porque esa es la manera de trabajar en conjunto con la llamada cuarta trasnformación y hacerla una realidad, fuera de tintes partidistas, espectros políticos o constantes polémicas para discutir.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Voces

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