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OPINIÓN: El verano mexicano en el contexto político latinoamericano

La ruptura de México en su mapa político electoral no debe impedirnos contar con una visión más pragmática de nuestra política exterior, opina Rina Mussali.

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional en el Canal del Congreso. Síguela en su cuenta de Twitter: @RinaMussali. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(ADNPolítico) – El pasado 1 de julio México atestiguó un tsunami político que habilitó el cambio de régimen por la vía pacífica. Después de 77 años de gobiernos emanados del partido hegemónico y los 12 de la alternancia panista, los mexicanos indignados decidieron cambiar el curso de la historia con la llegada, por primera ocasión, de la izquierda bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien dejó boquiabierto a la comunidad internacional por la matemática electoral que conquistó.

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Bajo un sentimiento anti-PRI y anti-bipartidista el mensaje fue irreversible para el statu quo y la comunidad de naciones. Precisamente, el triunfo categórico de AMLO nos ensancha los parámetros de legitimidad internacional que tanto necesitamos cuando la imagen de México en el exterior se ha deteriorado y empequeñecido. El diseño institucional nos demostró que la democracia joven, precaria e incipiente y siempre perfectible podía dar un salto cualitativo, a propósito de avanzar hacia el difícil pero más certero terreno de la consolidación.

Este bono histórico y democrático adquirido por México pudiera utilizarse en el terreno de la política regional e internacional en aras de acreditar nuestra autoridad moral que camina descompuesta y cabizbaja por los flagelos de la violencia, inseguridad, impunidad y la riqueza mal habida. Justo ahora, cuando México consigue una mayor estatura democrática dentro del concierto de naciones, la diplomacia mexicana amenaza con regresar a prácticas soberanistas y de bajo perfil que se verán acompañadas de una asintonía de tiempos frente al reloj que marca el ciclo político latinoamericano.

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En un momento cuando América Latina está atestiguando el fin del giro hacia la izquierda y la llegada de gobiernos de derecha conservadora con Mauricio Macri en Argentina, Michel Temer en Brasil, -el presidente, que no pasó por el juicio de las urnas-, el arribo del destituido Pedro Pablo Kuczynski (PPK) en Perú, el regreso de Sebastián Piñera a Chile y el triunfo de Iván Duque en Colombia, éste último el candidato uribista victorioso en segunda vuelta electoral frente al progresista Gustavo Petro, México nada a contracorriente de la ola política de la región.

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Cabe recordar, que entre los años 1998 y 2014, 14 países de América Latina fueron gobernados por mandatarios de izquierda bajo distintos signos y vertientes: el nodo geopolítico liderado por el difunto Hugo Chávez bajo el concepto del socialismo del siglo XXI y la alianza bolivariana (ALBA) junto con otras opciones de izquierda más moderada y menos extremista. Los casos de Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador y el mismo Hugo Chávez en Venezuela, quien conquistó el poder en 1998 frente a otras opciones de izquierda más centrista que encontraron resonancia en los mandatos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, Lula da Silva y Dilma Rouseff en Brasil, Pepe Mújica y Tabaré Vázquez en Uruguay, así como Néstor y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, ésta última quien terminó por inclinar el péndulo político hacia la izquierda radical.

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Este giro a la izquierda del espectro político, que en su momento se explicó por los altos costos sociales que dejaron los gobiernos neoliberales, asume un recambio en el 2014 con una vuelta hacia la derecha, la tendencia contundente que se acreditó ante el mal desempeño de los gobiernos izquierdistas relacionados la mayoría de ellos con los tentáculos de la corrupción –el Lava Jato, Petrobrás y Odebrecht en Brasil, el caso Caval en Chile y los límites de la experiencia kirchnerista con su expediente de irregularidades abiertas en materia de concesiones de obra pública-.

A su vez, el nuevo pulso político se ancló al malestar social propagado por la época de la vacas flacas que se inauguraba con la caída de los precios internacionales de las materias primas, cuyo resultado propició la llegada de una nueva correlación de fuerzas políticas.

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Frente a todo este panorama, cabe la pregunta ¿en qué momento México gira hacia la izquierda? Lo hacemos cuando Venezuela enfrenta una crisis política, económica, institucional y humanitaria de gran calado y en su relacionamiento con Estados Unidos y el mundo occidental, al tiempo de atestiguar el despertar nicaragüense que ha sacudido los cimientos de la gobernanza política liderada por la pareja presidencial: Daniel Ortega y Rosario Murillo, quienes controlan los hilos del poder en Nicaragua y a quienes se les exigen dimitir y convocar a elecciones anticipadas.

Asimismo, México gira a la izquierda cuando Rafael Correa, el expresidente de Ecuador y el artífice de la revolución ciudadana se le ha dictado una orden de prisión preventiva por supuesta vinculación en el caso Balda y ante el panorama político cada vez más complicado para que Evo Morales extienda su estancia en el poder más allá de 2019, después de haber perdido el referéndum en donde la mayoría de los votantes negó la posibilidad de modificar la constitución, a propósito de autorizar la reelección.

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En otras palabras, AMLO pudiera demostrar solidaridad y mayor compasión por los países del ALBA y abandonar el Grupo de Lima, la conformación que ha denunciado el deterioro democrático en Venezuela y desconocido las elecciones del pasado 20 de mayo, pero en ningún caso podrá resucitar la crisis terminal por la que atraviesa este bloque de izquierdas latinoamericanas. En ese sentido, AMLO y su próximo canciller, Marcelo Ebrard se sentirán muy solos en el escenario político regional, sobre todo considerando que en América Latina la política exterior se practica con base en ideología política y que los países grandes y más importantes han virado del lado más conservador.

Tampoco parece muy probable acercarse en demasía a Tabaré Vázquez, el presidente uruguayo que se despide del poder en 2019 o a Salvador Sánchez Cerén en El Salvador, la nación que enfrenta el juicio de las urnas el próximo año, aunque en el terreno centroamericano sí lo pudiera hacer con el costarricense Carlos Alvarado del progresista Partido Acción Ciudadana (PAC).

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Si bien, Costa Rica y Paraguay apostaron por la continuidad electoral en el 2018, México y Colombia lo han hecho de manera dispar y antagónica. La ruptura de México en su mapa político electoral no debe impedirnos contar con una visión más pragmática de nuestra política exterior, porque una mirada equivocada y con falta de rumbo nos puede acarrear costos muy altos en términos de crecimiento y desarrollo.

Estemos pendientes de la jornada electoral en Brasil y de la alineación política de fuerzas venideras.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Voces

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