OPINIÓN: Se busca estratega, estadista y presidente

La continuidad de los mismos planes de gobierno, las antiguas fórmulas y la inercia de los dogmas económicos son evidencia de que el país carece de una estrategia de nación, opina Iván Franco.
Elección  Es imprescindible analizar objetivamente y con detalle lo que cada uno de los candidatos quiere decir con sus propuestas, aconsejan analistas.  (Foto: iStock)

Nota del editor: Iván Franco es fundador y director de la consultora de inteligencia competitiva Triplethree International. Síguelo en su cuenta de Twitter @IvanFranco555 .Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(ADNPolítico) – Más allá de un presidente, México necesita a un verdadero estratega, a un estadista y fundamentalmente, a una persona que sea sensible a la realidad del mundo, y por supuesto, a la realidad del país. Un líder que privilegie el interés general y el nacional sobre los intereses cupulares. Se dice fácil, pero hacerlo, implicaría modificar la manera de hacer política en nuestro país.

Al margen del candor y la animadversión que puede generar el debate político, es imprescindible analizar objetivamente y con detalle lo que cada uno de los candidatos quiere decir con sus propuestas. En cualquier caso, las propuestas que realicen deben ser exigibles al 100%.

En elecciones anteriores, la manipulación y las guerras sucias han provocado que los votantes elijan presas del miedo. Y no se trata de eso.

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El mundo está exigiendo un reacomodo de las piezas del tablero económico y político, donde el interés nacional es la visión con la que se gobierna hoy. Sin embargo, para el establishment no existe algo como la estrategia de nación, porque usarla implica anteponer un interés nacional a los intereses cupulares.

La economía ha servido más para el beneficio de pequeños grupos que para el beneficio general. Desde hace décadas, México no ha experimentado un cambio estructural positivo en sus indicadores de bienestar. Si se analizan, los principales indicadores de bienestar de México, como los ingresos, el empleo y la pobreza están igual o peor que hace algunos años.

Por esta razón, la continuidad de los mismos planes de gobierno, las antiguas fórmulas y la inercia de los dogmas económicos, son evidencia de que el país carece de una estrategia de nación.

No hay estrategia, sino fidelidad a los dogmas

Desde hace casi tres décadas nuestros gobernantes han ignorado a la estrategia. Esto se evidencia por la ausencia de un cambio estructural que termine con el problema más grande y silenciado que tiene México: la desigualdad.

El modelo de desarrollo de economía abierta gestionado hace 27 años potencializó al comercio internacional de México, a expensas, claro, de los daños causados a algunos sectores de la economía que sucumbieron ante las políticas proteccionistas de Estados Unidos. Ahí están el atún y buena parte de los sectores agrícolas y pecuarios, por citar algunos ejemplos.

La nueva versión del TPP se vuelve a gestionar sin una estrategia de política industrial fehaciente. No parece haber mecanismos de aceleramiento del aparato productivo nacional.

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En cambio, hay demasiada prisa y angustia por gestionar nuevos tratados comerciales, desregulaciones y todo aquello que apunte a una atomización y entrega de los recursos. ¿Por qué?

Si algo nos enseñó el TLCAN es que cuando una economía se abre a nuevas geografías hay que estar preparados, de lo contrario, las pérdidas son notables para los sectores más vulnerables.

Si se continúa gobernando sin una estrategia de impulso real y decisivo a la industria nacional, nunca habrá mejores condiciones económicas para el país. Nos lo han demostrado en los tres sexenios anteriores con la frase “más y mejores empleos”, que es solo retórica para principiantes.

Una estrategia de gobierno debe ser, a la luz de la lógica económica, de la holgura que tienen los mercados y de los trade-offs entre los agentes económicos (gobierno, familias y empresas), potencializar a una economía con mejores ingresos para los mexicanos. No por populismo sino por seguridad nacional.

Técnicamente es posible, el problema es que el establishment no lo ha querido hacer. Reiteramos que una estrategia de nación se contrapone, por definición, a los intereses grupales. Por ello, la insistencia en que el próximo gobierno sea uno que gobierne para todos.

Sectores estratégicos

La minería, la energía, el petróleo, el agua y la alimentación son sectores estratégicos para cualquier país que se jacte de ser soberano.

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No obstante, nuestros anteriores gobiernos han pugnado y acelerado su liberalización (en el caso de los tres primeros). Ahora mismo, se discute una reforma para privatizar al agua.

México no puede continuar con una anti-estrategia o dogma de liberalización de recursos para beneficiar a ciertos grupos. No es la manera en la que un país soberano y respetable maneja sus asuntos. Estados Unidos, Rusia, Inglaterra y China nos lo demuestran todos los días.

Apalancarse de la reforma energética como acelerador del crecimiento no conlleva un mecanismo de solución del problema de la desigualdad de oportunidades ni de los ingresos, incluso, los puede agravar.

Más aún, el continuismo de gobierno solo desnudaría más a los sectores estratégicos del país. La desregulación minera, la desprotección del campo y la cesión del negocio de las gasolinas son solo ejemplos de errores históricos de política económica. Insisto, ningún país soberano y que antepone el interés nacional lo haría.

El mejor “fit” para Trump

Por otro lado, no existen las condiciones en México para que se gobierne con la anti-estrategia de la continuidad, en el contexto geoestratégico que encabeza Donald Trump.

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La reforma fiscal estadounidense, con todo y sus riesgos y fallas inherentes, es una de esas estrategias raras donde Estados Unidos mandó al mundo dos señales fundamentales: la lucha por el dólar (disfrazada de una guerra comercial) y el achicamiento del sector público.

Entre los costos de su reforma está el deterioro de la posición fiscal del gobierno estadounidense, y esto es muy relevante para México, que mantiene a un sector público, grueso, ineficiente, corrupto y clientelista.

Se requiere un estratega-presidente

En este contexto, el próximo presidente de México debería reunir las siguientes características mínimas:

  1. Anteponer el interés general y el nacional como punta de lanza del desarrollo.
  2. Entender que el problema de la desigualdad es uno de seguridad nacional. La pobreza es uno de sus efectos.
  3. La corrupción genera encono social, polarización y resentimiento; por ello, terminar con ella es una prioridad de gobierno, no es una quimera.
  4. La participación ciudadana es fundamental para un país con nuestros problemas. Se requieren realizar los cambios legales pertinentes para permitirla e incentivarla.
  5. Una economía más abierta no es necesariamente mejor sin una política industrial moderna.

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Continuar unilateralmente con las mismas ideas de hace casi 30 años, de economía abierta y vulnerable a choques externos, traerá mayor desigualdad a la que hoy existe.

México tiene buen margen de maniobra en términos de política económica y de política social para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Repito, en economía todo es un trade-off, y es precisamente aquí donde yace la razón de la desigualdad. No se necesitan recetas mágicas o populistas, solo se requiere gobernar para todos.

El establishment mexicano condena el cambio por miedo a perder los viejos privilegios. No obstante, todo parece indicar que el momento de esta facción finalmente terminó.

La pregunta más importante para el votante es, ¿quién representa el verdadero cambio de paradigma que el mismo establishment nos vendió falsamente en el año 2000? Quien sea que lo represente, esta vez debe ir en serio.

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